Cuidándonos Los Unos A Los Otros
La vida de la Iglesia no puede reducirse a la reunión del domingo, al púlpito o a la responsabilidad de quienes pastorean. La iglesia es el cuerpo de Cristo, una comunidad en la que cada miembro ha sido llamado a vivir responsablemente delante de Dios y en relación con sus hermanos.
Al acercarnos al final de 1 Tesalonicenses, Pablo no presenta una serie de recomendaciones opcionales, sino instrucciones concretas para la vida cotidiana de la comunidad: «amonestar a los ociosos, alentar a los de poco ánimo, sostener a los débiles y ser pacientes para con todos» (1 Tesalonicenses 5:14-15).
Estas exhortaciones revelan algo profundamente pastoral: «Dios no trata a todos de la misma manera, aunque su propósito sea el mismo». Dentro de la iglesia encontramos distintos niveles de madurez, distintas luchas y diferentes procesos. Por eso, el amor cristiano no responde de manera uniforme, sino que aprende a discernir qué necesita cada hermano para seguir avanzando hacia Cristo.
Amonestar no es humillar; es cuidar. Alentar no significa decir que todo está bien; significa ayudar al desanimado a volver a ponerse en pie. Sostener al débil implica recibirlo sin despreciarlo y gobernar nuestra libertad por amor a su conciencia. Y tener paciencia con todos significa permitir que el amor gobierne nuestras relaciones aun cuando los procesos de otros sean diferentes de los nuestros.
En este mensaje también miramos la vida de «Bernabé», un hombre lleno del Espíritu Santo y de fe, cuya manera de relacionarse con otros nos muestra el valor de reconocer la obra de Dios en una persona, creer en las segundas oportunidades y ayudar a otros a permanecer fieles al Señor.
La iglesia saludable no es aquella donde unos pocos hacen todo mientras los demás observan. Es aquella en la que «cada miembro comprende que su vida también tiene responsabilidad sobre la vida espiritual de sus hermanos». Orar, llevar cargas, consolar, edificar, enseñar, perdonar, servir, buscar la paz y cuidar al otro forman parte de la vida normal del cuerpo de Cristo.
Por eso, este mensaje no es solamente una enseñanza acerca de cómo debemos comportarnos dentro de la iglesia. Es un llamado a recuperar una dimensión esencial de la vida cristiana: «aprender a cuidarnos los unos a los otros mientras caminamos juntos hacia la madurez en Cristo.»