En estos últimos meses me he preguntado de forma puntual ¿qué es la iglesia? Ver diversas acciones, oír los buenos y nobles deseos que las personas y los pastores tienen y detenerme a contemplar el fruto que estamos dando hoy como iglesia, llegué a considerar que uno de los conceptos más manoseados y distorsionados de nuestros días es, sin duda, el de la Iglesia.
Aunque se trata de una realidad central en el propósito eterno de Dios, su significado ha sido reducido, en muchos casos, a una experiencia religiosa, una institución o un espacio al que las personas acuden en busca de satisfacción personal.
Para algunos, la Iglesia se ha convertido en un centro de entretenimiento: un lugar al que se asiste con la expectativa de disfrutar, sentirse bien y encontrar un ambiente agradable. No pretendo afirmar con esto que la Iglesia deba ser un lugar desprovisto de gozo, ni mucho menos que no debamos disfrutar de la comunión con nuestros hermanos. Por el contrario, hay un gozo profundo en la vida compartida de aquellos que pertenecen a Cristo. Sin embargo, una cosa es disfrutar de la vida de la Iglesia como consecuencia de nuestra comunión con Dios y con los hermanos, y otra muy distinta es convertir ese disfrute en la razón principal por la que nos congregamos.
Cuando el placer personal se convierte en el criterio que determina nuestra permanencia en una congregación, comenzamos a evaluar la Iglesia desde una perspectiva equivocada. Entonces, buscamos sentirnos cómodos, encontrar personas que se parezcan a nosotros, construir un círculo de amistades y participar de actividades que nos resulten agradables. Y aunque ninguna de estas cosas es necesariamente mala en sí misma, ninguna de ellas constituye la esencia de la Iglesia ni define su propósito.
El problema aparece cuando comenzamos a medir la calidad de una congregación por cuánto disfrutamos de ella, en lugar de considerar cuánto espacio ocupa Dios en medio de ella. ¿Qué lugar tiene su Palabra? ¿Cuán centrada en Cristo está su predicación? ¿Es Dios honrado y exaltado en todo lo que acontece cuando la Iglesia se reúne? ¿Estamos siendo transformados por aquello que escuchamos, o simplemente buscamos una experiencia que satisfaga nuestras expectativas?
La pregunta, entonces, no es cuánto disfrutamos nosotros de la Iglesia, sino: ¿Dios está siendo glorificado en ella?
Porque el propósito supremo de la Iglesia no es satisfacer al hombre, sino glorificar a Dios. Y esta gloria no se produce mediante la exaltación de nuestras preferencias, la promoción de nuestros intereses ,ni la construcción de experiencias diseñadas para mantenernos satisfechos. Dios es glorificado cuando su nombre es exaltado, su verdad proclamada, su Hijo presentado con claridad y su voluntad reconocida como autoridad sobre nuestras vidas.
Por eso, no podemos separar la gloria de Dios de la exposición fiel de su Palabra. Cuando la Escritura ocupa el lugar que le corresponde, Cristo es presentado conforme a la verdad, y la congregación es conducida a reconocer quién es Dios y qué demanda de aquellos que le pertenecen. No se trata simplemente de transmitir información bíblica, sino de anunciar la verdad de tal manera que nuestros corazones sean confrontados, iluminados y conducidos a una obediencia genuina.
Dios no busca una Iglesia que solamente escuche acerca de Él, sino una generación que viva bajo el gobierno de su verdad. Allí donde su Palabra es recibida, no como un discurso que entretiene, sino como la voz que revela Su voluntad, la Iglesia comienza a manifestar aquello para lo cual fue llamada.
—Una Realidad Producida Por Dios—
Para comprender qué es la Iglesia, debemos volver a sus comienzos y observar cómo el Espíritu Santo la introdujo en la historia. En el libro de los Hechos encontramos mucho más que el registro del nacimiento de una institución religiosa: contemplamos la obra de Dios dando forma a un grupo de personas que habría de manifestar la vida de Cristo en la tierra.
En el segundo capítulo de Hechos leemos cómo, en cumplimiento de la promesa del Padre, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos.
Hechos 2: 1-4 RV60 “Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. 2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; 3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. 4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.”
Aquello no fue un simple “acontecimiento extraordinario” destinado a despertar admiración, sino una intervención divina que marcaría el comienzo de una nueva etapa en el propósito eterno de Dios.
La Iglesia no nació como resultado de una iniciativa humana, ni fue el producto de un grupo de personas que decidieron organizarse alrededor de determinadas creencias. Su origen está en la obra de Dios, quien, por medio de su Espíritu, reúne, transforma y conduce a quienes han creído en Jesucristo.
Por eso, no podemos hablar de la Iglesia como si se tratara de una realidad que puede sostenerse únicamente mediante recursos humanos, estrategias organizativas o capacidades naturales. Podemos construir estructuras, organizar reuniones y desarrollar actividades; pero ninguna de estas cosas, por sí sola, produce la vida que caracteriza al pueblo de Dios. La Iglesia necesita la presencia y la obra del Espíritu Santo, no como un elemento añadido a su funcionamiento, sino como aquel que obra en sus miembros para conducirlos a la realidad de Cristo.
Si nos tomamos el trabajo de avanzar en el libro de Hechos, encontramos otra característica que no podemos pasar por alto. Lucas describe de manera espectacular a los primeros creyentes con estas palabras:
Hechos 4:32 RV60 “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.”
Me cautiva profundamente esta descripción tan exacta de Lucas; porque no se nos presenta simplemente a un grupo numeroso de personas que compartían un mismo lugar, sino a una comunidad en la que comenzaba a hacerse visible una unidad profunda. No se trataba de que todos tuvieran la misma personalidad, los mismos gustos o las mismas preferencias. La unidad de la Iglesia no nace de la uniformidad humana, sino de la obra de Dios en aquellos que ahora comparten una misma vida en Cristo.
El Espíritu Santo no solamente obra en cada creyente de manera individual; también produce una realidad compartida entre quienes pertenecen al Señor. Aquellos que antes vivían centrados en sus propios intereses comienzan a aprender a considerar al otro, a compartir lo que tienen y a caminar unidos en el propósito de Dios.
Por eso, nuestra comunión en Cristo no puede reducirse a la simpatía natural, la afinidad personal o la coincidencia de intereses. La Iglesia es mucho más que un grupo de amigos que disfrutan de estar juntos. Es un pueblo unido por una vida que no procede de ellos mismos: la vida de Cristo, obrando por su Espíritu en cada uno de sus miembros.
Esta unidad no es un ideal que debamos producir mediante esfuerzos meramente humanos. Es una realidad que debemos aprender a expresar, guardar y manifestar, sometiéndonos al gobierno de Aquel que nos ha unido consigo mismo.
—Una Vida Que Se Comparte—
En los primeros capítulos de Hechos encontramos también a los creyentes perseverando en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones (Hechos 2:42).
Observemos el orden de estas cosas. La Iglesia perseveraba en la enseñanza apostólica, compartía una comunión real, participaba del partimiento del pan y se entregaba a la oración. No estamos ante una comunidad cuya vida giraba exclusivamente alrededor de una reunión, sino ante un grupo de personas cuya vida entera estaba siendo permeada por la realidad de Cristo.
La enseñanza no era un recurso para llenar un espacio en el programa; era el fundamento sobre el cual aprendían a vivir. La comunión no consistía simplemente en saludarse antes o después de una reunión;implicaba compartir la vida. El partimiento del pan expresaba una realidad que los reunía alrededor del Señor. Y la oración manifestaba su dependencia de Dios.
En este contexto debemos comprender también el bautismo y la Cena del Señor. No son elementos decorativos de una práctica religiosa ni actividades destinadas a conservar una tradición. Son expresiones fundamentales de la fe cristiana, vinculadas a nuestra identificación con Cristo y a la vida de la comunidad que le pertenece.
El bautismo da testimonio de nuestra identificación con Cristo en su muerte y resurrección; la Cena del Señor proclama su muerte y expresa la comunión de aquellos que participan de un mismo pan. Como declara Pablo:
1 Corintios 10:17 RV60 “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.”
La Iglesia, por tanto, no es una suma de individuos que coinciden ocasionalmente en un lugar. Es un cuerpo unido a Cristo, cuya vida compartida debe hacerse visible en la manera en que sus miembros se relacionan, se sirven y perseveran en la verdad.
Cuando comprendemos esto, dejamos de preguntarnos solamente qué recibimos cuando nos congregamos y comenzamos a considerar qué clase de vida estamos manifestando como iglesia. Dejamos de evaluar la comunión exclusivamente por lo que nos agrada de los demás y comenzamos a entender la responsabilidad que tenemos de servir, amar y edificarnos en Cristo.
La vida de Iglesia no esta fronterizada por la hora de una reunión, porque la realidad que la constituye no depende de un horario ni está limitada a un edificio. Nos reunimos como Iglesia, pero no dejamos de pertenecer al cuerpo de Cristo cuando salimos de aquella reunión. La vida que compartimos debe continuar expresándose en nuestros hogares, en nuestras relaciones y en cada ámbito en el que Dios nos permite vivir y servir.
—Dios Añade A Los Que Son Salvos—
Al final de Hechos 2 encontramos una afirmación que nos permite comprender todavía mejor la naturaleza de la Iglesia. Después de describir la vida de aquella comunidad, Lucas declara:
Hechos 2:47b RV60 “…Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.”
Esta expresión es reveladora y no da lugar a opiniones tergiversadas: era el Señor quien añadía a la Iglesia a los que eran salvos. La comunidad de los santos no estaba simplemente añadiendo personas a una organización; Dios estaba reuniendo a quienes recibían su salvación.
Existen muchos programas para que las personas lleguen a la Iglesia; sin embargo, digo esto con mucho dolor, Dios no va a añadir personas a una comunidad que todavía permanezca en un estado de inmadurez, sino que Dios añadirá los que han de ser salvos a una Iglesia confiable y madura, esto es, a una iglesia gobernada por el Espíritu Santo y que vive conforme a la doctrina apostólica y no según los gustos personales de una institución u organización.
Esto nos obliga a distinguir entre pertenecer formalmente a una congregación y haber sido alcanzado por la obra redentora de Dios. Es posible asistir a reuniones, participar de actividades, conocer el lenguaje cristiano y formar parte de una estructura religiosa sin haber experimentado una transformación genuina. La asistencia puede acercarnos a un entorno cristiano, pero no sustituye la obra de Dios en el corazón.
La Iglesia está compuesta por personas redimidas por Cristo, alcanzadas por la gracia de Dios y hechas participantes de una nueva vida. No es una comunidad de personas que simplemente han adoptado una religión, sino un pueblo que ha sido comprado para Dios por medio de la sangre de su Hijo.
Pablo, al dirigirse a los ancianos de Éfeso, les recuerda que deben pastorear la Iglesia del Señor, la cual Él ganó por su propia sangre (Hechos 20:28). Esta verdad debería estremecernos. La Iglesia no nos pertenece. No es propiedad de sus líderes, no es una plataforma para construir proyectos personales ni un medio para alcanzar reconocimiento. Le pertenece a Cristo, porque Él la adquirió a un precio que ningún ser humano habría podido pagar.
Y si la Iglesia le pertenece a Cristo, entonces su identidad, su propósito y su funcionamiento deben estar determinados por Él. No tenemos autoridad para redefinirla según nuestras preferencias ni para reducirla a aquello que resulta más conveniente para nuestros intereses. Somos llamados a reconocer lo que Dios ha establecido y a vivir conforme a ello.
La Escritura también presenta a la Iglesia como la esposa de Cristo, por la cual Él se entregó para santificarla y presentársela gloriosa (Efesios 5:25-27). Esta imagen nos permite comprender la profundidad del vínculo que existe entre Cristo y su pueblo. No se trata de una relación superficial ni de una asociación temporal. Él se entregó por ella, y su propósito es que llegue a manifestar la santidad y la gloria que corresponden a su unión con Él.
—Una Iglesia Que Manifiesta La Vida De Cristo—
Quiero terminar esta breve reflexión con la pregunta inicial: ¿Qué es la Iglesia?
La Iglesia no es, en esencia, una institución, un edificio ni una reunión de personas que cantan juntas. Tampoco puede definirse por la calidad de sus actividades, la capacidad de sus dirigentes o la satisfacción que experimentan quienes asisten. Todas estas cosas pueden estar presentes sin expresar necesariamente la realidad que Dios quiso establecer.
La Iglesia es el pueblo redimido por Dios mediante la sangre de Jesucristo, reunido en Él y hecho participante de una vida nueva por la obra del Espíritu Santo. Es un cuerpo que reconoce a Cristo como su Señor, persevera en la verdad de su Palabra y aprende a expresar esa vida en una comunión real, una obediencia concreta y un servicio que no busca su propia gloria.
Por eso, cuando la Iglesia se reúne, no debería hacerlo únicamente para escuchar un mensaje, disfrutar de una alabanza o experimentar un momento agradable. Se reúne para reconocer al Señor, recibir su Palabra y responder a ella con fe y obediencia. Y cuando cada uno vuelve a su hogar, no debería dejar atrás aquello que ha escuchado, como quien abandona la sala de un cine al terminar de ver una película. Debe salir llevando consigo la verdad recibida, dispuesta a vivir bajo su gobierno.
Porque la evidencia de que hemos oído verdaderamente la Palabra no es solamente que podamos repetirla, explicarla o admirar su profundidad, sino que esta comience a gobernar nuestros corazones y a transformar nuestra manera de vivir.
Una Iglesia puede tener reuniones numerosas, una excelente organización y una programación atractiva; sin embargo, si la vida de Cristo no se expresa en quienes la componen, habrá perdido de vista lo esencial. La finalidad de la enseñanza no es producir oyentes satisfechos, sino discípulos cuya vida sea conformada a la de su Señor.
Es allí donde la Iglesia deja de ser una mera expresión religiosa y comienza a manifestar, en medio de una generación que necesita ver a Cristo, la realidad de Aquel a quien pertenece.
Y es precisamente esa clase de Iglesia, la cual no se sostiene por su propia capacidad, sino por el poder de Dios que obra en ella, la que puede permanecer firme frente a las fuerzas que se oponen al propósito divino. No porque sus integrantes sean extraordinarios en sí mismos, sino porque Cristo es su vida, su fundamento y su Señor.
La Iglesia no existe para que el hombre encuentre un lugar donde sentirse satisfecho, sino para que Dios tenga un pueblo en el cual su Hijo sea visto, su Palabra obedecida y su Gloria manifestada.