El Origen De Una Iglesia Ejemplar (parte 2)

¿Qué tipo de personas utiliza Dios para edificar una iglesia que da fruto? En 1 Tesalonicenses 2:1-13, Pablo abre su corazón y describe la manera en que él, Silas y Timoteo sirvieron entre los creyentes de Tesalónica. No está defendiendo un título, una posición o una estructura ministerial; está revelando las motivaciones, el carácter y la conducta que acompañan a un servicio auténtico. En este mensaje descubriremos seis marcas que distinguen a un obrero aprobado por Dios o seis rasgos de un servicio autentico: • Una visita sin vacío. • Un avance con viento en cara. • Un mensaje sin engaño. • Un servicio sin adulaciones, excusas ni búsqueda de honores. • Una vida que comparte más que palabras. • Un ministerio cuyo fruto es que la Palabra de Dios sea recibida como lo que realmente es: la Palabra de Dios. En tiempos donde abundan las apariencias, este pasaje nos recuerda que Dios sigue buscando hombres y mujeres que sirvan con pureza de corazón, amor genuino y fidelidad al Evangelio.
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar

Cuidándonos Los Unos A Los Otros

La vida de la Iglesia no puede reducirse a la reunión del domingo, al púlpito o a la responsabilidad de quienes pastorean. La iglesia es el cuerpo de Cristo, una comunidad en la que cada miembro ha sido llamado a vivir responsablemente delante de Dios y en relación con sus hermanos. Al acercarnos al final de 1 Tesalonicenses, Pablo no presenta una serie de recomendaciones opcionales, sino instrucciones concretas para la vida cotidiana de la comunidad: "amonestar a los ociosos, alentar a los de poco ánimo, sostener a los débiles y ser pacientes para con todos" (1 Tesalonicenses 5:14-15). Estas exhortaciones revelan algo profundamente pastoral: "Dios no trata a todos de la misma manera, aunque su propósito sea el mismo". Dentro de la iglesia encontramos distintos niveles de madurez, distintas luchas y diferentes procesos. Por eso, el amor cristiano no responde de manera uniforme, sino que aprende a discernir qué necesita cada hermano para seguir avanzando hacia Cristo. Amonestar no es humillar; es cuidar. Alentar no significa decir que todo está bien; significa ayudar al desanimado a volver a ponerse en pie. Sostener al débil implica recibirlo sin despreciarlo y gobernar nuestra libertad por amor a su conciencia. Y tener paciencia con todos significa permitir que el amor gobierne nuestras relaciones aun cuando los procesos de otros sean diferentes de los nuestros. En este mensaje también miramos la vida de "Bernabé", un hombre lleno del Espíritu Santo y de fe, cuya manera de relacionarse con otros nos muestra el valor de reconocer la obra de Dios en una persona, creer en las segundas oportunidades y ayudar a otros a permanecer fieles al Señor. La iglesia saludable no es aquella donde unos pocos hacen todo mientras los demás observan. Es aquella en la que "cada miembro comprende que su vida también tiene responsabilidad sobre la vida espiritual de sus hermanos". Orar, llevar cargas, consolar, edificar, enseñar, perdonar, servir, buscar la paz y cuidar al otro forman parte de la vida normal del cuerpo de Cristo. Por eso, este mensaje no es solamente una enseñanza acerca de cómo debemos comportarnos dentro de la iglesia. Es un llamado a recuperar una dimensión esencial de la vida cristiana: "aprender a cuidarnos los unos a los otros mientras caminamos juntos hacia la madurez en Cristo."
Leer más

Bautizados en Cristo (2): «El camino a la Casa: muerte, altar y bautismo»

Este mensaje nos lleva a entender que: - Cristo es Betel: la Casa de Dios y la puerta del cielo. - Estar en Cristo es estar en la Casa de Dios; fuera de Él, no hay vida espiritual. - Somos llamados a ser piedras vivas, formadas y trabajadas para expresar Su gloria. Pero hay un camino claro: no se entra a la Casa sin pasar por el altar. El altar representa la muerte. No una mejora de nuestra vida, sino su fin. El acceso a Dios no comienza con nuestro esfuerzo, sino con la identificación con la muerte de Cristo. Él abrió el camino con Su sangre, y nosotros participamos de ese acceso al aceptar nuestro fin en Él. El bautismo, entonces, no es un simple acto externo, sino una realidad espiritual profunda: - No es solo el perdón de pecados, es el fin de nuestra vida natural. - Es aceptar que hemos muerto con Cristo y ahora vivimos en Él. - Es dejar de vivir para nosotros mismos, para que solo Cristo sea expresado.
Leer más