En medio de una cultura cristiana fría y perdida en sus propias actividades, Dios nos recuerda que sin amor nada somos. Tomamos el mensaje a la Iglesia de Éfeso y comprobamos juntos el querer de Dios para nuestros días.
En este mensaje profundizamos en una de las verdades más determinantes del Evangelio: el bautismo no como un acto externo, sino como la aceptación de nuestra muerte en Cristo.
A la luz de Romanos 6, entendemos que no fuimos llamados a mejorar nuestra vida, sino a llegar a su fin. Hemos sido sepultados juntamente con Él para muerte, a fin de que así como Cristo resucitó, nosotros también andemos en vida nueva. No es una vida corregida… es una vida completamente distinta, cuyo origen está en Él.
El altar, entonces, no es un lugar de perfeccionamiento, sino de rendición. Allí no traemos algo para ser mejorado, sino todo para ser terminado. Y es desde esa muerte aceptada que se abre el camino a una vida verdadera.
¿Qué hace que una iglesia produzca un fruto visible y duradero? ¿Cómo una congregación puede llegar a ser un ejemplo para otros creyentes en tan poco tiempo?